Que vivan las antropólogas
que me cogen sin preguntar
que toman más vino que yo
y fuman menos, pero mejor.
Que vivan las antropólogas
que se van a Bolivia en verano
cargando mochilas
en colectivos de calidad distante,
a
lo que sus cuerpecitos y paladares
están acostumbrados.
Que vivan las antropólogas que andan
persiguiendo indios para preguntarles
cosas y anotarlas y después
editarlas
para que las lean otros zoólogos de las
personas
es decir, antropólogos.
Que hermosas y luminosas personas son
las antropólogas que conozco!
únicas dignas protagonistas de una
Etnografía y aunque me escandalice
esa delirante pretensión científica
me conforma y enamora, su presencia
desropada
en ámbitos saturados de viscosidad e
intenciones
poco decorosas, a juicio de conciencias
de antes.
Ay que lo sepan!
yo cambiaria todos y cada uno
de mis años computados en la academia
y hasta el más ruinmente valioso objeto
material
por un solo fin de semana
de puro hedonismo
con una de esas maravillosas antro-
pólogas, que estudian los humanos
que vienen a mi casa y me gusta
cocinarles cosas ricas y hablar de
política y desayunar con ellas
aunque prefieran el mate antes que el
café.
Esas Hippies, que no tienen prurito
a la hora de quitarse la ropa
y las estructuras morales, en mi
habitación
dinamitada y empapada de caos,
porque su sensibilidad antropológica les hace
comprender
las lumpen-vicisitudes de un jovencito
del interior
Las antropólogas son la luz de la
caverna
que significan las ciencias humanas
Y me pregunto: ¿Qué sería de mi
felicidad
y la de los indios, si no existieran
las Antropólogas?