lunes, 29 de octubre de 2012

Antropologues


Que vivan las antropólogas
que me cogen sin preguntar
que toman más vino que yo
y fuman menos, pero mejor.

Que vivan las antropólogas
que se van a Bolivia en verano
cargando mochilas
en colectivos de calidad distante,
 a lo que sus cuerpecitos y paladares
 están acostumbrados.

Que vivan las antropólogas que andan
persiguiendo indios para preguntarles
cosas y anotarlas y después editarlas 
para que las lean otros zoólogos de las personas
es decir, antropólogos.

Que hermosas y luminosas personas son
las antropólogas que conozco!
únicas dignas protagonistas de una
Etnografía y aunque me escandalice
esa delirante pretensión científica
me conforma y enamora, su presencia desropada
en ámbitos saturados de viscosidad e intenciones
poco decorosas, a juicio de conciencias de antes.

Ay que lo sepan!
yo cambiaria todos y cada uno
de mis años computados en la academia
y hasta el más ruinmente valioso objeto material
por un solo fin de semana
de puro hedonismo
con una de esas maravillosas antro-
pólogas, que estudian los humanos
que vienen a mi casa y me gusta
cocinarles cosas ricas y hablar de política y desayunar con ellas
aunque prefieran el mate antes que el café.

Esas Hippies, que no tienen prurito
a la hora de quitarse la ropa
y las estructuras morales, en mi habitación
dinamitada y empapada de caos,
 porque su sensibilidad antropológica les hace comprender
las lumpen-vicisitudes de un jovencito del interior

Las antropólogas son la luz de la caverna
que significan las ciencias humanas
Y me pregunto: ¿Qué sería de mi felicidad
y la de los indios, si no existieran
las Antropólogas?

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