Menudeos narrativos en torno a los escatológico.
1) Amanecieron tres soles en China. Uno central, más grande, y dos
laterales, más pequeños y ubicados a izquierda et derecha del astro mayor.
Alguno pensó que el extraño fenómeno estaba relacionado con el así llamado “fin
de los tiempos, apocalipsis, día del juicio final, Armagedón, fin del mundo,
desaparición de todo lo concebido excepto las cucarachas, las cuales
sobrevivirían engrosando su exoesqueleto gracias a una mutación morbosa
producida por la radiación de la última bomba atómica, lo cual les pr”…Pero el
fenómeno del triple febo asomando, tiene una explicación climato-lógica: Se
trata de una refracción de la luz solar,
producida por nubes cargadas con cristales de agua, que hace creer que
estamos viendo algo que no estamos viendo, como un amanecer con tres soles, o
el comienzo del final de todo lo conocido. A pesar de la evidencia, el miedo
vibra en los corazones, y se va tejiendo una tensa trama tanática.
2) Una sombra ubicua y continua que vigila desde atrás: de sí misma, como si
una máscara ciega ocultara tres ojos, o uno solo. Angustia de no saber quién es
aquí presa y quién cazador. Tu sangre o la mía. Oculto, como trampa, promueve
el susto en los consumidores. Un ardid tramado en base a sospechas: simples
gestos, nos dan la solución. Aprendizaje concienzudo del acecho, estudio de los
movimientos. Un combate sordo velado por la paciencia, solamente porque somos
hombres civilizados.
3)
recoleta,
cuna y tumba de la oligarquía argentina. 11:11 pm. piso 8. desde aquí se ve el
panteón de sarmiento. en realidad, veo el obelisco coronado por un cóndor que
marca la sepultura del susodicho sanjuanino. hay veces que mi casa huele a
fiambre, y especulo con que la baranda proviene de las tumbas del cementerio,
que los aromas toman altura y se elevan al cielo como reverendos fantasmas y tengo pesadillas con rostros que gritan, con la cara de
Sarmiento, como la pintura de Munch. Después hago memoria y recuerdo la carne
que dejé en el balcón a las palomas para que coman. es
increíble, pero comen de todo. Son mi reciclador urbano más constante. Les dejo
un kilo de pan duro, y en menos de cinco minutos, lo devoran por completo, les
tiro una carne rancia, y se desata una orgía macabra de zarpazos carroñeros y
plumas, y sangre que después barro, con el ventilador. Queda todo limpito.
Salgo al balcón y pateo la carne que ya estaba juntando una manga voraz de
moscas verdes ¿Qué pasó con las palomas? Me pregunto, que no comieron la carne
que les dejé. De inmediato especulo una conspiración. Alguien las está
envenenando. En la plaza aparecerán cientos de cadáveres de palomas en estado
de rigor mortis. La incertidumbre cundirá como el olor a podrido. Las gentes
harán junta de firma para que el gobierno encargue a una comisión especial a
que averigüe todo lo concerniente al delito de traición a los valores del statu
quo, y se descubre un plan ideado por un grupo de viejitos que envenenaron los
emplumados buches de las ratas aladas con maíz con estricnina, tratando de
evitar (según comentaron luego a la televisión) la llegada del fin del mundo
´por medio de una bacteria que se estaría incubando en los ecosistemas
cercenados de las urbes, y que tendrían como vector transmisor a las palomas.
Querían salvar a la argentina sana, aseguraron.
4)
Tenía
una vida desordenada. Nada encontraba su lugar, ni los afectos su ámbito, ni
las energías su cauce, no había proyectos. Vivir no tenía sentido. Decidí
suicidarme. Llegué al monoambiente que
habitaba y comencé a meditar la manera de quitarme la vida… entonces, un
pensamiento me atacó ¿quiero morir de verdad? Mientras pensaba la manera de
acabar con todo y el vacío me tocaba la espalda, la idea de caer ocho pisos en
picada me dio pánico. No tenía un revólver, y tampoco me tentaba terminar como
un bofe en las vías de cualquier monstruoso ferrocarril. No, lo mejor era
ahorcarme. Empecé a buscar una altura superior a todos los manotazos de ahogo,
y llegué a la conclusión de que la única manera de lograr dicha altitud era
poniendo la cama en posición vertical, para atar la soga en el respaldo. Sería
una complicación: la cama estaba como encajonada entre una pared y el placard,
por lo que necesitaría como diez movimientos para sacar el catre de su lugar y
ponerlo parado, como si tuviera que maniobrar con un colectivo de dos pisos en
una calle del microcentro porteño, en la hora pico… la pregunta volvió ¿quiero
morir de verdad? Cuando tenía la cama en cuarenta y cinco grados, mal puesta en
el espacio, como un intento absurdo de decorar el ambiente, miré a mi alrededor:
los muebles estaban todos torcidos, la ropa toda tirada de tanto dar vueltas
pensando en qué ponerme para dejar un cadáver bien vestido, cantidad
apabullante de papeles arrugados cubrían el piso con varios intentos de notas
suicidas tratando de explicar las razones y consolando a los parientes,
exculpándolos por tremebunda tragedia… ¿quiero morir de verdad? Si hubiese
sabido que el camino hacia la muerte podía ser tan desordenado, ni siquiera
hubiera pensado en tal cosa. Resulta que mi vida es mucho más ordenada de lo
que pensaba. En cambio mi muerte, o siquiera la insinuación de su proximidad,
resultó un cúmulo de trastos y papeles, un desorden inmenso. Se me quitaron las
ganas de morir, me dije, mirándome el cuello en el espejo, y empecé a levantar
los papeles del piso.
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